Frank Gehry, el arquitecto que conquistó al mundo

Frank Gehry acaba de fallecer, y con él se va una cierta idea de la arquitectura como acto de pura libertad. Tenía 96 años. A esa edad, otros descansan. Él seguía retorciendo el metal y desafiando la gravedad, como si las leyes de la realidad fueran solo una amable sugerencia. Nunca nos acostumbraremos a esa audacia. Era su sello distintivo, pero sobre todo su forma de estar en el mundo: directa, alegre, irreverente.

Frank Gehry, Walt Disney Concert Hall

Gehry nació como Frank Goldberg, en Canadá. El joven tímido que pasaba horas en el taller de su abuela se convertiría en uno de los arquitectos más influyentes de finales del siglo XX. Se le quiso clasificar dentro del deconstructivismo. Una etiqueta cómoda, como todas las etiquetas. La verdad es que había inventado un lenguaje plástico totalmente personal: una arquitectura escultórica, una arquitectura gestual, una arquitectura en movimiento. Un mundo que no se parecía a ningún otro.

A menudo se olvida hasta qué punto Gehry revolucionó la disciplina. El Guggenheim Bilbao no es solo un museo. Es un terremoto cultural. Cuando abrió sus puertas en 1997, el edificio se convirtió inmediatamente en un icono, una especie de ballena de titanio varada en la orilla, magnífica e improbable. Bilbao se transformó, el mundo se maravilló e incluso se acuñó una expresión, el «efecto Bilbao», para describir el poder transformador de un edificio. Es muy raro que un arquitecto cambie el destino de una ciudad.

París tuvo la suerte de ser una de sus últimas musas. Con la Fundación Louis Vuitton, Gehry construyó en 2014 lo que parece una nave de cristal flotando en el bosque de Boulogne. Nunca se sabe si se está contemplando un edificio o una idea en movimiento. Hay velas transparentes, luz que se desliza, curvas imposibles. A Gehry le gustaba decir que concebía «sueños construidos». Eso es exactamente lo que es: una arquitectura que no teme parecer demasiado bonita para ser real.

Frank Gehry, Museo Guggenheim Bilbao

Lo que también llama la atención en su obra es su relación con el material. Mientras que otros buscan integrarse en la norma, él opta por la fricción. El metal, la chapa, el ladrillo visto, los fragmentos de vidrio: en sus manos, todo se convierte en lenguaje. Algunos críticos le han reprochado que privilegie la forma en detrimento de la función. Se equivocan. Sus edificios viven, respiran, acogen. Su sensualidad nunca es gratuita. Está al servicio de un espacio, de una circulación, de una emoción.

No es casualidad que los músicos adoren a Gehry. El Walt Disney Concert Hall de Los Ángeles, con sus velas de acero pulido, parece estar a punto de tocar por sí solo. Para él, la relación entre la arquitectura y la música era evidente. Las curvas, las tensiones, las relajaciones: todo ello formaba una partitura. Casi se podía oír susurrar al edificio.

Gehry deja tras de sí un legado inmenso. No solo edificios, sino una forma de ampliar nuestra percepción de lo posible. Demostró que un arquitecto puede ser un artista. Que un edificio puede ser una emoción. Y que una obra puede cambiar la geografía cultural de un país.

A veces se dice que las grandes figuras desaparecen sin dejar herederos. En el caso de Frank Gehry, esto no es cierto. Todos los arquitectos que hoy se atreven a innovar le deben algo. Y cada ciudad que acepta ser un poco más audaz, un poco más bella, un poco más libre, prolonga su legado.

Su muerte entristece. Su obra, sin embargo, sigue vibrando.

Las experiencias y la cultura que nos definen

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