En Tokio, Marina Perez Simão presenta un conjunto de pinturas recientes que confirman la consolidación de un lenguaje pictórico firmemente arraigado entre las voces más destacadas de la abstracción contemporánea. Creadas entre 2024 y 2025, sus lienzos son una extensión de su investigación, en la que el paisaje ya no es un motivo reconocible, sino una estructura mental, una forma de organizar la percepción y el espacio.

En esta nueva serie, los horizontes se multiplican, fragmentan y cambian. El lienzo se convierte en un campo abierto, a veces inestable, que invita al espectador a reconsiderar sus puntos de referencia. Esta disrupción del eje tradicional del paisaje forma parte del vocabulario artístico de Marina Perez Simão, pero aquí adquiere una dimensión más pronunciada. La verticalidad y la horizontalidad interactúan para redefinir el flujo interno de la imagen y crear una experiencia inmersiva.
El color juega un papel central. El índigo domina la serie, evocando la historia japonesa del teñido, pero sobre todo sirviendo como base cromática estructurante. A este tono profundo se le aplican rojos y rosas con pinceladas rápidas y amplias, creando zonas de intensidad que puntúan rítmicamente la superficie pictórica. La luz nunca emana de un punto específico: parece emerger del propio material, como si el lienzo irradiara desde su interior.
El proceso de trabajo se mantiene riguroso. Dibujos, acuarelas y estudios preceden a cada lienzo, asegurando una estructura coherente a pesar de la aparente espontaneidad del gesto. Atenta a la historia sin someterse jamás a ella, Marina Perez Simão absorbe sus influencias para transformarlas. En su exposición de Tokio, explora un paisaje que no describe nada, sino que orquesta una experiencia hecha de tensiones, vibraciones y ritmos internos. Estas obras marcan una etapa significativa, afirmando una nueva madurez, a la vez que conservan el elemento de lo desconocido que constituye la fuerza de su pintura.
Marina Pérez Simão
Galería de ritmo
Azabudai Hills Garden Plaza 1F, Tokio (Japón)

De un paisaje expandido a un paisaje fragmentado
Pasando de los lienzos de Marina Perez Simão a los de Noa Gosley, encontramos puntos en común en ambos: ambos emplean la abstracción para transformar la memoria en un paisaje interior. Sin embargo, sus obras se distinguen por sus bases cromáticas y emocionales contrastantes. Mientras que la primera despliega vastos horizontes, estructurados por colores profundos y asertivos, la segunda se inclina por una paleta más sobria, compuesta por rosas tenues, azules serenos y borgoñas discretos, que evocan los viñedos de su infancia en Burdeos.
Este juego de ecos y contrastes justifica su reflejo: dos artistas, dos trayectorias, dos maneras de habitar la abstracción, pero una misma necesidad de pintar lo que los paisajes dejan en nosotros, no como imagen, sino como sensación persistente.

Noa Gosley: memoria fragmentada, un paisaje interior en construcción
En la obra de Noa Gosley, el paisaje nunca aparece como un simple escenario, sino como una reminiscencia en proceso de creación. Nacida en Burdeos en 1999 y residente en Israel, la artista desarrolla una abstracción nutrida por el desplazamiento y la coexistencia de múltiples lugares y tiempos. Su pintura se convierte en un espacio de negociación entre lo que permanece y lo que se transforma.
Sus lienzos cobran vida en fragmentos, en capas sucesivas, como si la memoria se negara a cualquier fijación definitiva. Curvas flexibles, líneas contenidas y halos cromáticos componen un vocabulario visual que debe tanto al dibujo como a la escritura. Cada gesto parece corresponder a un pensamiento en proceso de formación, a un intento de aferrarse a lo que, por su propia naturaleza, se nos escapa.
Los recuerdos de la infancia son una materia prima cambiante: un cielo vislumbrado demasiado pronto para ser claramente identificado, una fachada de Burdeos, una sensación luminosa. Estos fragmentos nunca regresan inalterados; se superponen, se distorsionan, se erosionan, formando un frágil mapa emocional. La pintura se convierte en un lugar donde la memoria oscila entre la aparición y la desaparición.
El color actúa como guía. La paleta de Noa Gosley —rosas pálidos, azules apagados, burdeos intensos— funciona como un registro emocional. Cada tono intenta capturar un sentimiento antes de que se desvanezca. La materialidad de la pintura, realzada por el uso del pastel, el grabado o el bordado, confiere a sus obras una presencia casi táctil, como si el pasado aún conservara un peso físico.
Para Noa Gosley, la incertidumbre no es una carencia, sino una fortaleza. Su pintura, en constante evolución, transforma la fragilidad en territorio y hace del paisaje interior un espacio vivo y abierto, en constante reinvención.









