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En los laberintos de María Helena Vieira da Silva

MARÍA HELENA VIEIRA DA SILVA, La habitación de los azulejos, 1935, © María Helena Vieira da Silva, VEGAP, Bilbao 2025

Contemplar una obra de Maria Helena Vieira da Silva es adentrarse en un mosaico cambiante donde cada pieza parece respirar. Desde la década de 1930, la artista construyó mundos compuestos de fragmentos, líneas temblorosas y colores sutiles que resuenan entre sí en tonos apagados. Nada se deja al azar: el espacio se teje con paciencia, como una tela llena de tensiones ocultas. 

La exposición “Anatomía del Espacio”, presentada en el Museo Guggenheim Bilbao, revela esta particular manera en la que da forma a lo invisible, a esos lugares interiores que existen tanto en la memoria como en el lienzo.

Vieira da Silva nunca dejó de cuestionar qué constituye un espacio: no una simple estructura, sino una vibración. Hechas de meticulosas formas geométricas, perspectivas fracturadas y ritmos coloridos, sus pinturas laberínticas son intentos de capturar lo esencial: el movimiento del mundo, las fracturas íntimas, el paso de los seres y las cosas. Mirando La habitación a cuadros (1935) o figura de ballet (1948), sentimos una tensión entre orden y dispersión, como si el artista buscara capturar el frágil momento en que un lugar deja de ser visto y se vuelve sentido. 

En la profundidad de estas composiciones, donde las ciudades parecen transitar entre un silencio y otro, algunos reconocen una sutil afinidad con Paul Klee. No se trata de una influencia reconocida, sino de una conexión secreta: en ambos artistas, el espacio nace de fragmentos ensamblados, un mosaico de impresiones que se recomponen a medida que la mirada avanza. Y, sin embargo, es junto a Arpad Szenes, su compañero de vida y estudio, donde la obra de Vieira da Silva encuentra su reflejo más íntimo. Donde Szenes buscaba la vibrante paz del silencio, ella revelaba la cambiante complejidad del mundo. Dos trayectorias paralelas, dos soledades compartidas, que se entrecruzan y se responden mutuamente en una pregunta común sobre qué significa habitar el espacio.  

La guerra, el exilio, la distancia, pero también el amor y la lealtad a los lugares de su infancia, moldearon su visión. Exiliada en Brasil durante la Segunda Guerra Mundial, Vieira da Silva pintó el dolor en lienzos donde el color se agrieta, donde los bloques de espacio parecen tambalearse bajo el peso de la realidad. Sin embargo, incluso en sus obras más oscuras, una luz las ilumina: no ilumina, susurra, como si la artista se aferrara a la convicción de que la pintura puede revelar lo que la historia intenta borrar.

Cuando la artista regresó a París en 1947, la ciudad herida se convirtió en un territorio por recuperar. En sus calles, sus estudios, sus interiores, buscó una nueva forma de desplegar el espacio, de insuflarle nueva vida. En El Pasillo o Interior (1948), las paredes parecen vacilar, recuperarse, como animadas por un recuerdo propio. Nada es fijo allí: el espacio permanece en perpetua mutación, sujeto a las discretas fuerzas del tiempo y la memoria.

Esto es, sin duda, lo que hace único a Vieira da Silva: pintar lugares que nunca son simplemente lugares, sino estados de conciencia, pasajes, umbrales. Sus lienzos no representan: acogen; contienen lo que las palabras apenas logran captar, ofreciendo la posibilidad de perderse suavemente para reencontrarse mejor.

La exposición concebida por el Guggenheim Bilbao recrea con delicadeza este recorrido íntimo y cósmico, donde cada obra se convierte en una cámara secreta, un territorio mental, un espacio donde la mirada puede aprender a ver de otra manera.  


« María Helena Vieira da Silva. Anatomía del espacio »
Museo Guggenheim Bilbao
Avenida Abandoibarra, 2, Bilbao (España)
De 16 Octubre 2025 a 20 Febrero 2026
guggenheim-bilbao.eus

MARÍA HELENA VIEIRA DA SILVA, La Scala o Los Ojos, 1937., © María Helena Vieira da Silva, VEGAP, Bilbao 2025

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