Sus instalaciones de cristales de sal son obras maestras de resiliencia, cuya belleza hipnótica se combina con una lucha simbólica contra el olvido. La artista evoca un recuerdo de vida, transfigurado por la pureza, la blancura y la transparencia del material.

¿Cómo nos despedimos de alguien a quien amamos? ¿Cómo podemos aceptar la separación de un ser querido de forma significativa? Motoi Yamamoto se pregunta. La pérdida de su hermana, y luego la de su esposa, lo impulsó a buscar una manera de superar su dolor y aceptar la muerte. Si bien la tradición japonesa incorpora la sal en los ritos funerarios budistas, basándose en la creencia de su capacidad para purificar los espíritus, Motoi Yamamoto la eligió por su color inmaculado, que evoca dulzura. "Para mí, los cristales de sal absorben la tristeza"."También representan un 'recuerdo de vida'", explica el artista. Así, ha ideado su propio ritual, invocando sus recuerdos y los de sus seres queridos. Durante casi veinticinco años, sentado en el suelo durante horas, días o incluso semanas, ha dibujado laberintos y paisajes mentales, dando forma a sus pensamientos.


Cambiante como la vida misma, sólida pero soluble, la sal tiene la capacidad de transformarse, pero también de influir en su entorno, cuya armonía depende de su presencia en cantidades equilibradas. Motoi Yamamoto maneja la sustancia con maestría; sus instalaciones metafóricas detienen el tiempo al cristalizar recuerdos a través de sus gestos, recuerdos que de otro modo estarían condenados al olvido. Cada uno puede proyectar sus propias experiencias en las obras profundamente humanas creadas por el artista, cuyo arte inagotable puede expresarse en cualquier espacio. Cada grano de las toneladas de sal que utiliza encuentra su lugar en las proyecciones mentales de sus instalaciones. Inherente al material, su fragilidad refleja la vanidad de nuestra existencia; las obras capturan un momento fugaz en una escala de tiempo infinita. Tras varias de sus exposiciones, Motoi Yamamoto quiso compartir esta experiencia con el público, invitándolos a destruir sus obras recolectando la sal y devolviéndola al mar. Desde el lanzamiento de esta iniciativa en 2006, miles de personas han respondido a su llamado. Este gesto tiene un gran peso simbólico: los cristales, presentes tanto en nuestras lágrimas como en el océano, se reincorporan al ciclo eterno de la naturaleza, al que todos pertenecemos. Quizás algún día encuentren su lugar en una nueva obra de Motoi Yamamoto…









