Lucy Williams: ciudades radiantes

La Casa del Coleccionista

Williams trabaja como un orfebre. Sus obras comienzan con un dibujo preciso, que se convierte en una matriz digital. Sobre esta base, corta con láser la estructura base y, a continuación, recorta papel de colores para formar los diferentes elementos, aplicando luego capas ascendentes de diversos materiales, como papel, plexiglás, chapas de madera, tela o metal. Cortinas, estanterías, lámparas, jarrones, pantallas de lámparas, azulejos aparecen poco a poco, congelados en un bajorrelieve en el que el ojo duda: ¿pintura o escultura? Todo es plano, pero todo parece tener cierta profundidad. Sus composiciones pertenecen a ese territorio ambiguo, suspendido entre la imagen y el objeto, en el que el espectador oscila entre la fascinación y la duda. 

El modernismo, como sabemos, pretendía ser racional, funcional y austero. Williams, por su parte, le infunde una calidez inesperada. Sus hilos bordados serpentean como cicatrices poéticas. Sus colores —berenjena, pizarra, rosa empolvado— suavizan la rigidez del hormigón. Introduce el ornamento allí donde Le Corbusier lo había desterrado.

Sus obras evocan a Anni Albers en lo que respecta a los textiles, a Ruth Asawa por la ligereza de los hilos, o incluso a las geometrías de Jean Arp y Alexander Calder. Al igual que ellos, Williams trabaja con la tensión, la estructura y la vibración. Joseph Becker, conservador adjunto del SFMOMA, destaca también «la energía, la dedicación y la intencionalidad» que ella aporta a su trabajo. Pero en su caso, todo ello se combina con una intimidad artesanal, un gesto paciente que humaniza la frialdad modernista.

Al elegir el título «Radiant City», Williams no solo hace referencia al proyecto arquitectónico no realizado de Le Corbusier, sino que explora sus contradicciones: una ambición igualitaria que deriva en uniformidad, una utopía colectiva que acaba aplastando al individuo. Las obras de la diseñadora son bellas, seductoras, pero vacías. No aparece ningún personaje en ellas. Y, sin embargo, ante estos interiores desiertos, sentimos el deseo de entrar en ellos, de habitarlos. Es esta paradoja la que da a su obra su fuerza narrativa: la frialdad de las líneas arquitectónicas se transforma en una llamada al espectador. 

Ciudad Radiante

Durante la pandemia, Williams se aventuró en la abstracción para explorar las cualidades visuales rítmicas y repetitivas de la forma: triángulos de colores flotando sobre hilos verticales, motivos líricos, control del espacio que recuerda a los modernistas Naum Gabo o Barbara Hepworth. Estas composiciones no figurativas se reincorporan ahora a sus escenas arquitectónicas. El ornamento proscrito por el modernismo reaparece así en toques suspendidos, como si el rigor geométrico tuviera que ser resquebrajado por la poesía. 

«Radiant City» también es una cuestión de memoria. Memoria colectiva: la de una época en la que la arquitectura quería transformar la sociedad. Memoria íntima: los interiores que representa el artista —piscinas, salones, bibliotecas— resuenan con nuestros propios recuerdos. Al reducir estos espacios al tamaño de un cuadro, Williams los transforma en objetos de contemplación. Los miramos como un voyeur, fascinados por los detalles, pero manteniéndonos a distancia. De esta tensión entre atracción y frustración nace toda la intensidad de la experiencia.

Lucy Williams no celebra ingenuamente el modernismo: lo recompone, revelando sus contradicciones y extrayendo al mismo tiempo una belleza inesperada. Sus «ciudades radiantes» son utopías en pedazos, convertidas en fragmentos poéticos. En un mundo saturado de megalópolis, nos recuerda que a veces es a pequeña escala, en miniatura, donde renace el deseo de habitar.

Eve Kaplan

«Lucy Williams – Radiant City» Galería Berggruen
10 Hawthorne Street, San Francisco (Estados Unidos)
Del 6 de noviembre de 2025 al 8 de enero de 2026 

berggruen.com

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