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Semana de la moda de París

Las casas que dejaron huella en la temporada

En ValentinoAlessandro Michele transformó el desfile en un auténtico manifiesto poético. Inspirado en una carta de Pasolini sobre las luciérnagas, celebró la luz que resiste a la oscuridad. Entre blusas azul pavo real y pantalones verde chartreuse, buscó la simplicidad sin sacrificar la magia. Los vestidos drapeados y vaporosos parecieron insuflar nueva vida al evento. La actuación de palabra hablada de Pamela Anderson, seguida de un final resplandeciente que evocaba el vuelo de las luciérnagas, ofreció un momento suspendido y profundamente conmovedor.

En BalenciagaPierpaolo Piccioli marcó el comienzo de un renacimiento. Inspirado en el vestido saco de 1957, rindió homenaje a Cristóbal Balenciaga, reafirmando su visión humanista. Las siluetas oscilaban entre el minimalismo y el glamuroso vestuario de noche; los volúmenes eran amplios, los colores vibrantes. Todo irradiaba una belleza discreta, una moda hermosa, fluida y realista. Piccioli le ha dado a Balenciaga una delicadeza inesperada, una emoción a escala humana.

En AlaïaPieter Mulier continuó la obra del maestro con sensual rigor. Las piezas en algodón, cuero, pitón o seda crean una tensión entre fuerza y ​​fragilidad. Cada prenda abraza el cuerpo, suspendida en un equilibrio entre precisión y emoción. La artesanía se convierte en invención, los flecos danzan, los giros esculpen. Alaïa sigue siendo una casa de pureza, belleza extrema y cuerpos vivos.

En MargielaGlenn Martens rindió homenaje al espíritu original e impuso su propia visión. El desfile se inauguró con una banda sonora interpretada por niños, un guiño al icónico desfile de 1990. Las siluetas, confeccionadas en cuero, mezclilla y lana, reinventan la sastrería mediante volúmenes fluidos. Las cuatro emblemáticas puntadas se convierten en joyas metálicas, símbolos de una casa que se niega a detenerse en el tiempo. Glenn Martens logra fusionar memoria y evolución con una sinceridad excepcional.

En Rick OwensEl desfile se transformó en una procesión acuática en la explanada del Palacio de Tokio. Las modelos caminaron por el agua, entre el apocalipsis y la celebración, acompañadas por la voz de Grace Slick. Cuero esculpido, arneses fetichistas y siluetas negras: todo vibraba entre el caos y la belleza. Rick Owens elevó una vez más la moda a la categoría de ritual: oscuro, místico, pero profundamente humano.

En SchiaparelliDaniel Roseberry presentó un desfile sensual y controlado, donde la alta costura coquetea con lo cotidiano. Su esposa es poderosa, misteriosa, casi peligrosa. Las chaquetas de hombros marcados, los vestidos calados y los colores sobrios inspirados en Brancusi y Dalí revitalizan el legado de Elsa Schiaparelli. Aquí, la moda se convierte en escultura, emoción e ilusión a la vez.

Y en CourregesNicolas Di Felice sumergió al público en una luz cegadora. El espectáculo, titulado Cegado por el solLa colección ofreció una experiencia sensorial donde la ropa se convierte en protección. Minifaldas, viseras futuristas, capas y telas transparentes: todo parecía listo para afrontar el nuevo calor. Una colección radiante, casi utópica, donde la simplicidad define el futuro.

Esta temporada, la moda parisina resonó con la introspección y el renacimiento. Menos provocación, más significado. Los diseñadores hablaron de luz, tensión y humanidad. Tras años de caos y excesos, esta Semana de la Moda parece marcar el regreso a la sinceridad: la sinceridad del gesto, del cuerpo, de la ropa.

¿Y qué te pareció esta temporada? ¿Qué casa te impresionó más? 

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